Escuchas el canto de los suburbios,

el canto de los márgenes,

dulces abismos llamando tus alas,

haciendo el vértigo que precipita la tinta oscura sobre estas blancas nubes,

oyes acaso el canto de la piel,

el beso que anima tus manos escultoras,

ven conmigo, hacia mi, lentamente, trepa sobre mi alma con tu luz invisible,

dime donde esta la cura definitiva, la pócima que libera de esta vida,

donde habitan ahora tus flores expatriadas, tus eternas flores oscurecidas,

aliéntame con tu instinto imperecedero, trae tus duendes del alba,

tus dioses asesinados por la razón tan pura.

Mis labios rozan tu mejilla, susurran el lenguaje de los besos,

veo tu sombra desnudarse tras la cortina verde,

de tu cabeza caen mil pétalos destrozados,

pétalos rojos,

surcando como ríos furiosos el curso de tus pechos,

tus rodillas se hincan en el cemento crudo,

mis manos timbran otra vez el gatillo.

Oyes el trueno colosal,

hueles la pólvora difuminándose aun sobre todo,

ríes silenciosamente, muy queda, transfigurada,

se repite la explosión hacia dentro.

La flor despierta, agita sus pestañas llenas de polen,

escuchas el silencio, que fuerte habla, como entona su oración infinita,

cuando sale de ti se acaban las palabras.

Alvaro