(Santiago, 2005)

I. De sol y viento

He de fraguar mis intensidades, íntimo y violento,
Domeñando los ecuatoriales deseos que tu beso aviva,
Tú, que ágil te mueves como estandarte del viento
Primaveral e inocente, festiva.

Ángel que floreces las fulminantes agitaciones de mi carne,
La mía, carne celestial, liviana, sin el temor que teje el cerco;
Pero tú misma, sí, a veces, dulce y acorralada,
Vigorosa, tornas ceniza el intento.

¡Bebamos danzando junto al despeñadero!

La enamorada finge ser viento, pero es el viento
El que a menudo le finge escultura…
Cállame, átame, o vete, antes que abrace
Tu figura de brisa, pero encadenada a las columnas del museo…

De tus baúles, de tus jardines erosionados, de tus memorias movedizas.

La noche de tu pelo negro me lleva ondulante,
Hasta tus hombros, esos que atrapan mis besos, otrora indolentes;
Dame, dame mil años de presidio en tu gracia de cielos impuros,
Que en el abismo de tus pupilas, vamos a cenar rosas, felices y fugaces.

II. De cielos descendentes

De cielos descendentes está hecho mi delirio
Amor vasto y tierno, oscurecido
Por la risa de la muerte

No hay llamas ya en mi mirada maldita
Ni en mi piel caliente, que ahora muestra frías escamas
Ni en la simplicidad de mi espera que ya no es espera,
Hecha cicatriz por tus labios de abismo.

El amante devorado por las sombras
Adorando la muerte lame su calvario
Todo es invadido, por la fría presencia de la muerta

Recuerdos de tumba adornados primaveralmente
Danza Eros mascando mi corazón y mi entraña en sueño seco
“He aquí algo más fuerte que yo”, dice el amante, trizado.


Gonzalo Diaz