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La Coctelera

faronirico

Categoría: Proyecto Ágora

9 Mayo 2006

La paz del viento, besos de amor y muerte

(Santiago, 2005)

I. De sol y viento

He de fraguar mis intensidades, íntimo y violento,
Domeñando los ecuatoriales deseos que tu beso aviva,
Tú, que ágil te mueves como estandarte del viento
Primaveral e inocente, festiva.

Ángel que floreces las fulminantes agitaciones de mi carne,
La mía, carne celestial, liviana, sin el temor que teje el cerco;
Pero tú misma, sí, a veces, dulce y acorralada,
Vigorosa, tornas ceniza el intento.

¡Bebamos danzando junto al despeñadero!

La enamorada finge ser viento, pero es el viento
El que a menudo le finge escultura…
Cállame, átame, o vete, antes que abrace
Tu figura de brisa, pero encadenada a las columnas del museo…

De tus baúles, de tus jardines erosionados, de tus memorias movedizas.

La noche de tu pelo negro me lleva ondulante,
Hasta tus hombros, esos que atrapan mis besos, otrora indolentes;
Dame, dame mil años de presidio en tu gracia de cielos impuros,
Que en el abismo de tus pupilas, vamos a cenar rosas, felices y fugaces.

II. De cielos descendentes

De cielos descendentes está hecho mi delirio
Amor vasto y tierno, oscurecido
Por la risa de la muerte

No hay llamas ya en mi mirada maldita
Ni en mi piel caliente, que ahora muestra frías escamas
Ni en la simplicidad de mi espera que ya no es espera,
Hecha cicatriz por tus labios de abismo.

El amante devorado por las sombras
Adorando la muerte lame su calvario
Todo es invadido, por la fría presencia de la muerta

Recuerdos de tumba adornados primaveralmente
Danza Eros mascando mi corazón y mi entraña en sueño seco
“He aquí algo más fuerte que yo”, dice el amante, trizado.


Gonzalo Diaz

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9 Mayo 2006

El canto del enamorado

(Chiloé, 2003)



I

Rozan tu piel mis ecuatoriales y febriles deseos
Tu cuerpo desnudo se me revela, pálido, marmóreo
Y yo quiero saber el ciclo del brillo del sol en tu alma nocturna
Mientras mis enredaderas te toman por la cintura.
¡Toca mi piel, pero toca también mi eternidad!
Que yo, dulce plebeyo, descubriré la profundidad de tus océanos
Y la furia de tus volcanes desatados…
Pues ya se me han revelado tu singular belleza, y tus soledades oceánicas.

Las cuerdas de tu ánimo afinan el desastre de mi fuego sin gobierno
El misterio de tu mirada fija mis bríos inefables
Como la lluvia cimbra la telaraña sin piedad alguna;
Y corro por los senderos del bosque, por las sendas perdidas
Desnudo frente a ti, mi paraíso perdido, a veces lloro, a veces río
Las olas me aconsejan y siento temblar mi horizonte removido por tu lejanía
Mientras la fertilidad de mi ánimo quiere germinar en ti.

En tu seno de pétalo de rosa deposito mi ofrenda, con ambos ojos cerrados
Fruto del amor terreno y celestial hacia mi doncella que se viste de paraje…
Danza, danza, y no recuerdes paso alguno
Que el paso me desenhebra.

No finjas, dame sólo una mirada sincera
Y no caeré en más dominio que el del abrazo de los colores de tu sueño más dulce;
Yo, mientras tanto, te tengo en mis sueños hechos de arena
Que de quererte, quiero, tenerte en mis brazos, hora tras hora
Hasta que el tiempo se me escurra, dejando tras de sí edades de sombra.
Te amo, como el azul ama al cielo en día tibio, liviano y sereno.



II

Mis ojos se posan inconstantes
Como el viento en las pieles de la mar,
Mientras el terciopelo de tus velos se crispa
Como la corteza del arrayán en la lumbre de mis sueños.

Mi ebrio andar
Te rapta en la encrucijada de mis desvelos,
Mientras mis delgados suspiros
Quieren de ti una temporada en el marrón imposible de tus ojos…
Y me lanzo en pos de la miel de tus lunas … y de tus dulces besos.

En la noche secreta de nuestro eclipse
Tómame y no me dejes caer,
Que nuestra vida descubre las sendas misteriosas
Reservadas para los que se aman, festivos…



III

Bella doncella, milagro para este profano andante
En tu rostro hallo la dulzura del paraíso perdido
Y la ternura que acaricia mi atormentada alma;
Mi fogosa voluntad en tu fuerza encuentra perfecta réplica
Y el juego de tus labios revive a menudo el cántaro de mi deseo.

El canto del amanecer te lo dedico, elevando a ti mis pensamientos
Lo mismo el del anochecer, en el vacío inmenso del silencio;
Tú caminas por la playa de mis sueños, hechos de arena
Tú eres el paraje donde me diluyo, como un pequeño dios de los vientos.

Los misteriosos caminos de mi esperanza
Fervientes se abren a tu presencia ya infinita;
Diosa de mi fortuna, embrujo de la tormenta
En el crepúsculo se esculpe a menudo tu ardiente abrazo.

No llegue el día en que mi amada se torne dolorosa ausencia
Que mi alma se ataviará de luto, rasgaré mis ropas y dejaré crecer mi barba,
Mis ojos se volverán de vidrio y mi voz se quebrará hasta apagarse
Como se apaga la vida de la flor marchita.

Pero a ti elevo mi canto, amada mía, alegre
Pero no basta con este verso pobre, palabras al viento
Por ello te ofrendo todo lo que tengo, mi calor y mi modesto genio
La sangre que corre por mis venas, mi ternura, mi fuerza, y también mi silencio.


Gonzalo Diaz

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9 Mayo 2006

De cómo se abren los surcos

(Talca, 2002)

Huilquilemu

Verano liviano habitado de vergel en vergel
atravesado alegremente por la cadencia
del revoloteo del sol en la danza de sus rayos
estacas luminosas resistidas por las sombras de añosos árboles
sombras a través de las que el viento me resbala
y ya bajo el sol el mismo viento en mi piel queda, pues él abraza mi sudor...

Sometido en tales parajes a lo que en ellos se muestra, tocándome
me crío en la natura como bestia redimida

El variopinto carnaval, de allá de donde ahora vengo, ha disuelto mis densidades
la música nuevamente ha ofrecido el gozo del reencuentro con lo inmenso
en la ciudad del trueno he alcanzado el discurrir libre en el río del tiempo
como fauna amistosa nos hemos lanzado a la insondable pero viva eternidad

Las huellas siembran aquí pétalos, allá frutos del otoño
pero el ir cayendo abre los surcos

El aroma y el misterio

El viento es ofertorio de aromas
aquí ofrenda rebosante de clamores vegetales
misteriosos y a menudo descuidados, como todo misterio.
El hombre en su pequeñez no apetece más que consistencias
despreciable se le hace aquello que no se deja disponer por su imperio...

el hombre hace de sí mismo un cajón de piedra
y se planta en la tierra rodeado de bultos y hiedra

El alma vestida de alegría y trumao

Querquel, Santa Rosa de Lavadero, Numpay
poblados de antaño, abrasados por el sol, de paso lento y calles desdentadas
sus gentes tranquilas y dedicadas,
como doña Juanita la de las pipas de pipeño y chicha,
se mueven según el designio de la tierra y sus favores;
aquí el rojo maduro del tomate y la dulzura de la uva asoleada
muestran su verdad originaria
mientras con el amigo vamos pasando y pasando,
riendo, hablando y mirando
con el alma conmovida habitando

en estas maternales tierras de sol, vino, trabajo y penas
puedo escribir un tratado, acerca de como fluye la sangre por mis venas


Gonzalo Diaz

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9 Mayo 2006

Cantos de la foresta

(Talca, 1997)


No dejaré suavizar por mi letargo, doncella vestida de paraje
El ritmo terso y la melodía de lo nocturno,
Pues he conseguido lamer el terciopelo de este mundo, y he vivido
Junto a las vertientes del tiempo las adivinanzas insolubles…
¡Ya no hay nostalgia de lunas rápidas!

Convulsionado mi cuerpo y ebrio mi espíritu
A demonios vagos deshilaré con cuernos impíos…
Proletariado mágico de la memoria
Qué cosas fragua, esbeltas y trizadas
En clandestino sosiego, son apariciones antiguas como la tiniebla.

Hermosa musa que afinas los acordes de mi reír
Aúllo feliz en mi temporada de vientre, como un cisne negro
Y en plena visita me derrito en tiempos opuestos
Y encuentro el engranaje de mi asombro…
¡Se me escapa la cabeza en estelar revuelta!

¿Por qué de pronto por otras sendas nos pastorea algún equilibrio?
¿Qué incertidumbres seducen mis diarios asombros?
Entonces aprenderé a ser ángel bucólico,
Y ya no tendré la boca inmunda vomitando animales que danzan fuera de la gruta
Lanzando espuma y fuego sobre la tierra negra.

Tan vulgares como nuestra amada barbarie
Permaneceremos serenos y esperanzados
Como en un descanso en la caída…
Como un bostezo de Apolo, cuando conozco a un ángel de otro cielo,
Mostrados por el sol al sol… en una tenue comunión.

Enamorado de la muerte, me resigno a la ceniza devenida
Pues he perdonado al demonio de mis memorias más tristes
Esas que me traen lo profano de la mirada ajena
Y la presión escalofriante de la mano extraña.
No, pese a lo que pesa todo lo que no he llorado, ¡Ya no me cavan el foso!

La ilusión se ahoga en mares profundos
Como esas noches que devoran al hombre
Y tiñen de crepúsculo su gesto sereno…
¡Pero ahora vivir quiero hasta que la vida misma me sucumba
con el fervor que quita el sueño y aviva el lunar deseo!

Al jardín erosionado cae el cielo como lluvia negra
Tal como lo cantó mi ancestro de sal
Aquel lejano de presencia carcomida
Con la cara embotada de tiempo suspendido
Y la mirada serena pero mareada de distancia…
En ocasiones doncella mía me arranco los ojos y escucho tu voz
Cuyo frescor es refulgente como una gota cristalina
Y luego decanto en tu albo y telúrico seno.
(Aquella que a él lo nombra como amanecer…
y a la que él ama profundamente durante el desenfreno).

Mis ojos abrazan lo incierto,
Y de tu curva me adivino con pupila fulminante
Y sobrecogido se me revelan en este mirar mío inflorescente
Hasta tus más siniestros parajes, que también forjan tu encanto.

¡En pura andanza, de tibia brisa es mi danza y mi añoranza!

Me torno carne de los primeros días
Dulce reflejo de un campo ecuatorial vasto y tierno…
Veo el abismo en sus rostros (los confino en el presente).
Me arropo para el día con sueños extraviados
Desterrando de este paisaje a hombres testarudos y animales de lomo seco.

El acontecer no es habitar magro,
Humedece mi tacto y cimbra mis huesos…
Tan sólo me hago liviano para perderme en el arte de mi sortilegio.

Soy un vago por pradera y sombra andante
¡No te asustes lector con mis confusos asaltos,
ni con mi oratoria de sombríos,
ni con mis versos pobres de mueca!
Pues soy el desposeído con escamas en los ojos
Y manos frías como lápidas, cuando al crepúsculo alzo el vuelo
Y durante la noche bajo la luna desangro mis crías de alba.



Gonzalo Diaz

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